Diablos danzantes de Naiguatá. Tradición que salva

Cada año, en el Día de Corpus Christi, se les ve descender por las calles de la parroquia Naiguatá, estado Vargas, vestidos con trajes de colores, máscaras extravagantes alusivas a animales del mar, un cinturón de campanas y un inmenso fervor hacia la imagen del Santísimo Sacramento del Altar que los recibe de rodillas en las puertas de la iglesia para escuchar sus súplicas y salvarlos de la enfermedad.

Son los Diablos danzantes de Naiguatá, los mismos que hace 250 años elevaban las plegarias de su pueblo para la llegada de las lluvias y el espanto de la malaria, la prosperidad de las cosechas y la abundancia en la mesa, que hoy se siguen rindiendo ante una tradición que defienden hasta con los dientes y que los ha llevado a librarse del mal aquí y en otras latitudes como París, Francia, cuando celebraron con la Unesco el título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, hace cinco años.

Son los mismos diablos de siempre: de piel tostada y fuerza inquebrantable que danzan bajo el sol de mediodía, inmunes al calor y al agotamiento, que elaboran y cuidan con esmero sus máscaracas sin el recelo de que alguien ajeno se las toque, pues como diablos se saben dueños de un patrimonio cultural que hay que mostrar y multiplicar.

Las peticiones de este año en las 11 cofradías de diablos que confluyen en el país: la de Yare y Patanemo, San Millán y Tinaquillo, Cuyagua y Cata, Turiamo y Ocumare de la Costa, y Chuao y San Rafael, es la misma: que en Venezuela impere la paz por encima de cualquier forma de relación humana posible.

El camino de los diablos hacia la iglesia. Foto Daniel Hernández

 

Ahuyentando al maligno

–y el sacrificio de los promeseros–

 

Es jueves 15 de junio y la plaza Bolívar de Naiguatá (ubicada en el centro de la parroquia y donde se levanta también la Iglesia de Coromoto que resguarda al Santísimo Sacramento del Altar) se despierta más temprano de lo acostumbrado.

Los vecinos del pueblo se alistan para recibir la misa mientras que los diablos se visten con sus coloridos trajes y se van al cementerio para recordar a los hombres de su familia y los diablos fallecidos, tocando el tambor y bailando sobre sus tumbas en señal de respeto y admiración.

Roger Correa, el segundo cajero de la cofradía (el segundo en tocar el tambor de caja, el único sonido que además de las campanas acompaña a los diabos en su danzar), aguarda en los alrededores de la plaza a la espera de que concluya la misa.

De sus 67 años de edad, 54 los ha dedicado a trabajar en la diablada: un solo año fue danzante en agradecimiento por la salud de un amigo enfermo, y luego, de la mano de Teodoro Merentes, el primer cajero que tuvo la cofradía hacia la década de 1930, aprendió a tocar el instrumento de percusión.

En la parte de atrás de su camisa lleva pintado el rostro de Jesucristo: “es para ahuyentar al espíritu malo” –dice–, y sobre su cabeza tiene un sombrero que lo diferencia del resto de la diablada, y que le ayuda a protegerse del sol mientras los diablos danzan en procesión o pagan promesa en la iglesia.

“De las 11 cofradías de diablos en Venezuela, Naiguatá destaca por ser la única en pintar sus atuendos y en permitir que las damas también sean danzantes”, cuenta Correa.

Hacia las 11 de la mañana la diablada ya ha salido de sus casas y esperan solo por el repique de la caja para empezar a bailar y acercarse a la iglesia.

Cuando esto sucede, las calles de Naiguatá se convierten en un verdadera fiesta de colores, con máscaras agitadas por los aires en las manos de sus dueños, mientras que los diablos más pequeños, los niños, bailan tomados de las campanas de sus padres para no perderse.

A las puertas de la iglesia una mujer llora viendo cómo su cuñada, quien hasta hace una semana padecía tumbada en una cama a causa de un accidente cerebrovascular, se ha levantado para dar gracias al Santísimo Sacramento del Altar, mientras que una madre por el suelo y su pequeño hijo le acompaña dándole un vaso con agua.

“Son muchas las anécdotas” –cuenta Marcial Millán, danzante desde hace 37 años– “desde diablos danzando de cabeza, personas que se les mete el demonio mientras pagan promesas, hasta remolinos de viento que hacen ver la cara del maligno. Lo bueno es que el Santísimo Sacramento nunca nos deja”.

Bajo el sol de Vargas los promeseros aguardan hasta después de las 2 de la tarde frente a la iglesia (siempre frente a ella y nunca adentro), en una oración silenciosa. Hacia el final de la tarde y luego de danzar por las calles de la parroquia, los diablos regresan a la iglesia para recibir la bendición del cura, y realizar junto a él la procesión por los 12 altares que este año familias de Naiguatá han preparado.

“Esto es más que una tradición, es algo que nos identifica como pueblo, como venezolanos, y que llevamos con mucho respeto a nuestras generaciones”, agrega Millán, minutos antes de tomar la máscara y salir a bailar.

El próximo 23 de junio, en horas de la noche, diablos y creyentes de ésta y otras manifestaciones venezolanas –entre ellas los Velorios de Cruz y el tribujo a San Juan Bautista– acudirán al Encuentro de Santos y Diablos que tendrá lugar en Patanemo, en el estado Carabobo.

La danza de los diablos. Foto: Daniel Hernández
diablos danzantes de naiguata, Edo vargas . foto Daniel Hern‡ndez
El rostro de la promesa. Foto: Daniel Hernández
(*) Texto publicado por el autor el 17 de junio de 2017 en el diario venezolano Últimas Noticias.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.